Libro documental de los 100 años de la Unió Esportiva Campdevànol.

Artículos inéditos, cambios en el plan de contenido dejaron los textos fuera.


Recuerdos de un entrenador

Día a día de un club rural, con pocos recursos y el potencial para ser el mejor equipo de Cataluña.
La foto no corresponde con la UEC, fuente.

    La gente que compartió su pasión por el fútbol al lado de Jaume Tenas parecen cortadas por el mismo patrón. Todos los que trabajaron con este entrenador del juvenil y vieron su trabajo de cerca durante tantos años, describen al jugador ideal a base de 3 cosas: actitud, disciplina y esfuerzo. Aunque muchos darían esta combinación de ingredientes casi para cualquier deporte no es casual que ellos, habitantes de un pueblo de montaña, tengan los mismos principios acerca del fútbol.

    Jaume Tenas, entrenador y árbitro ocasional, fue importante en Campadevànol. Toda una generación de chavales de los años 60 y 70 vivieron con él éxitos deportivos sin precedentes a nivel regional. Un éxito que tuvo ecos en los clubs más grandes de Cataluña.

    Su paso por la Unió Esportiva Campdevànol (casi toda su carrera, en realidad) estuvo marcada por el carácter tajante de Tenas. Sus principios de piedra se notaban en los entrenamientos duros, en los partidos y en las discrepancias con la junta directiva, con dimisión y regreso para salvar al equipo del abismo incluido.

    Su historia es de las que impactan mucho en las personas que la vivieron junto a él. Una trayectoria a escala local que, en su microclima, te cuenta las bondades del buen deporte de base.

    Tenas fue el responsable de imprimir carácter y disciplina a un grupo de jóvenes adolescentes que vestían el verde y blanco pero que jugaban a base de fuerza. Más de pelotazo hacia la portería contraria que de pensar con cabeza. Tenas apareció para dirigir al equipo durante los últimos partidos de la temporada 66-67. Bajo su mando brillaron algunos de los mejores jugadores de la época. Tena los ojeaba, los invitaba a quedarse en el Campdevànol y sacaba lo mejor de ellos a base de disciplina y compañerismo. De su equipo salieron jugadores que luego militarían en el Espanyol y el F.C. Barcelona.

    Pero estos son detalles de palmarés. Después de 40 años, y un homenaje oficial en la villa, me atrevería a decir que su recuerdo es más fuerte a nivel personal. Con él como entrenador se vivió la época dorada del fútbol local. Al menos, él la inauguró haciendo de un grupo de adolescentes el equipo más relevante de su categoría. “Aquella fue una temporada dorada de fútbol, no solo del juvenil, si no de todos”, recuerda Manel Porras, lateral izquierdo muchos años a las órdenes de Tenas.

    El campo se llenaba todos los domingos de partido. “Teníamos un equipo muy bueno”, continúa, y, buena prueba de ello era que el público incluía a mucha gente de fuera de Campdànol que se acercaban a verlos jugar. En medio de todo aquello, una niña muy pequeña no perdía de vista la pelota y al entrenador. Era Beatriu, hija del técnico, que vivió aquella época casi en primera persona. “Lo recuerdo desde muy nena. El campo muy lleno de gente, jugadores muy reconocidos” y, sobre todo, “todo lo que ganamos, muchos títulos”.

    “Los domingos eran fútbol con mi padre” desde por la mañana con la preparación y el calentamiento para dar el toque inicial a las 12h en punto. “Nos pasábamos todo el día allí viviendo todo el ambiente”. Lamentablemente, Beatriu, nunca pudo jugar oficialmente. Pero fue testigo del estilo de su padre que se veía claramente en los entrenamientos. En cierta manera, la labor de Tenas como entrenador consistió en canalizar al inmensa energía de los chavales y concentrarlas en la pelota. ¿Cómo lo hizo? Como se hacía entonces: con disciplina y mano dura.

    Los entrenos eran “realmente muy físicos. Nosotros ganábamos porque éramos muy físicos”. Los entrenamientos eran muy completos pero “nos hacía correr muchas vueltas al campo”, me dice Porras. Vueltas que no estaban en el programa de entrenamiento. Tenas no pasaba ni una, a la mínima falta de concentración, 10 vueltas. El entrenamiento era duro, pero era más duro todavía su no te implicabas. Una risita, un cuchicheo entre los chavales o una falta de aliento y ya sabían lo que iba a pasar. “Teníamos aquel campo mamado de tantos castigos, o vueltas”, llámalo como quieras.

    Son conocidas también las precariedades de la época. No solo el campo era conocido por no tener prácticamente hierba y áreas enteras anegadas en cualquier época del año. Las propias instalaciones deportivas estaban en su mínima expresión. Había campo, sí. Había porterías, también. Había líneas, más o menos. ¿Vestuarios? ni de broma.

    Se terminaba el entreno –o los partidos– y Tenas gritaba “¡Hala, venga! ¡Todo el mundo al río!”. El torrente bajaba a 5 metros del campo y aquello eran las duchas. “Era ir allí o ir al canal” donde vertían las aguas usadas en las casas de alrededor. Al menos allí no había rocas que esquivar. Aunque el agua esta muy fría en ambas. “Era lo que tocaba. Teníamos que sufrir”, Porras sonríe al recordarlo.

    “Es verdad, era muy intenso, especialmente en los entrenamientos”.

    Era intenso, tanto en los entrenamientos como en el compromiso con el equipo. De verdad no pasaba ni una. El autocar fue buena prueba de ello. No se esperaba a nadie, se salía a una hora, no en el minuto siguiente. Tanto para ir a jugar fuera como para volver a casa. Daba igual. Tenas dejó a adolescentes desperdigados por todo Cataluña. Si se quedaban en Campdevànol al menos podrían irse a casa –o probar suerte en la estación de Renfe–, otra cosa era si terminabas en las calles de Vic, Girona o Barcelona y tenías que buscarte la vida con cuatro duros en el bolsillo.

    Como suele suceder, la dureza de Tenas, era solo una parte de su forma de llevar al equipo. La otra cara de la moneda era su propio compromiso con los chicos y también con la chica, Beatriu, que aunque no tenía opciones de jugar oficialmente sí entrenaba al lado de los chicos. “Eran muy intensos pero yo me sentía feliz de poder hacerlos aunque solo fuera la primera parte”, la más física, “y me tuviera que perder la parte del fútbol”.

    Al fin y al cabo las niñas antes no podían jugar al fútbol. Pero eso no le impedía acompañar al equipo a todas partes. Su padre llegó a darle una función vital en aquellos tiempos: recoger las pelotas. “Yo tenía que recogerlas cuando salían del campo sin perder tiempo”. Entonces, los partidos se jugaban con una pelota, dos con suerte. Así que cualquier disparo con mala puntería podía llevarse por delante cinco minutos de juego. “Mi padre me decía: rápido, tienes que ir a buscar las pelotas enseguida y devolverlas al campo” a toda leche. Tenían pocos medios, pero les sobraban ganas.

    Jaume Tenas era un entrenador exigente pero también tenía estas cosas. Era buen amigo de los chicos y no dejaba de preocuparse por ellos si veía que algo no iban bien. Era una figura que cuidaba de los suyos dentro y fuera del terreno de juego.
El final de la década de los 60 fueron años importantes en la UEC juvenil. En aquellas temporadas, los resultados del equipo mejoraron año tras año hasta alcanzar el primer puesto de la liga en el 71. Era el resultado del método Tenas que quizás no era el más original pero sí fue el adecuado para aquel equipo blanco y verde que estaba conociendo a la generación más potente de jugadores de su historia. Tanto fue así que jugadores de toda la comarca querían entrar en su equipo, especialmente si se lo pedía Tenas. Además de entrenador, también tenía las cualidades de lo que hoy llamamos un buen ojeador.

    Las trayectorias de piezas clave para el Campdevànol como Pep Casals o Àngel Prats –dos cracks que posteriormente militaron en equipos más grandes y llegaron a la selección catalana– nunca hubiera sido la misma si no se hubieran topado con Jaume Tenas. O, al menos, eso dice Manel Porras que compartió vueltas al campo, autocares y duchas en el río con todos ellos.




Manel Porras, de la generación dorada, mucho gusto


La foto no corresponde con la UEC, fuente.
    En una foto en blanco y negro, un grupo de chavales vestidos a rayas posa en dos filas ante la cámara. Los de atrás están de pie con las manos a la espalda, los de adelante, agachados tocan la hierba que hay en el campo. Por la claridad de la fotografía es evidente que hace sol en Campdevànol. Es el año 1966, minutos antes de que empiece un partido oficial y, en el fondo de la foto, aparece aunque no va a jugar, un niño flaco que no se pierde ni un partido.

    “Veamos, por aquel entonces tendría doce o trece años y ya estaba vinculado al equipo. No hacía más que estar en ese campo de fútbol”. Justo al lado de la Farga, la vieja fábrica metalúrgica que impulsó (e impulsa) la vida económica de media comarca, se extendía –y aun hoy se extiende– el modesto campo de la Unió Esportiva Campdevànol. Con tantos trozos tierra como de césped, aquel campo era donde mejor jugaba el equipo local. El hecho de que una mitad del terreno estuviera inundada prácticamente todo el año era toda una sorpresa para los equipos visitantes pero no para la UEC que lo usaban para sacar ventaja en casa. “Tuve la suerte de vivir la época dorada de nuestro equipo. Seguramente fueron los años más felices de mi vida”.

    Por suerte, fueron muchos años los que Manel Porras, el niño de la foto, estuvo con el equipo. Durante 20 años Porras jugó en el lateral izquierdo y vio a su equipo ganar la liga juvenil, clasificarse para el campeonato catalán, descender luego a segunda tras la marcha de Jaume Tenas, un entrenador clave, para luego volver a subir de categoría a su regreso. “De una menera u otra siempre he estado vinculado al equipo” siempre al lado de amigos y mentores y donde forjó su personalidad pausada e intensa que desprende cuando habla de aquellos tiempos.

    Manel Porras fue una persona relevante en el club pero él mismo parece no darse mucha importancia mientras revisa las viejas fotos. Una a una repasa las fotos y va lanzando anécdotas con asombrosa precisión. Como el final de los entrenamientos duchándose en las frías aguas del río que bajaba por detrás de la Farga a pocos metros del campo.

    En estos recuerdos salen nombres, todos amigos y “personas excelentes”, a su parecer unos “futbolistas excepcionales” como el Parra, el Pere Pulido o el Roca que era duro y muy valiente pero era de Ripoll así que con eso queda todo dicho, el Pere Casals, el mejor portero de Cataluña, el Prats y el Cambres. Todos despuntaron de alguna manera, algunos traspasando las fronteras regionales y llegando a militar en el Espanyol y el Barça, y fueron los responsables de llevar al UEC a los mayores éxitos de su historia.

    El fútbol que veía practicar a sus compañeros estaba a un muy buen nivel. No se puede comparar con el estilo analítico, técnico y veloz que vemos hoy. De cierta manera aquellos eran tiempos más sencillos, y el fútbol también lo era. “No era tan exigente. Nosotros jugábamos casi sin delanteros y muy a base de patadones” así que la fórmula local era un poco de motivación mezclada con mucha energía que cuando la articulaba con cabeza algún prodigio local como Àngel Prats tenía todas las de funcionar.

    De eso, el Campdevànol, estaba sobrado. Bajo la tutela de Jaume Tenas –ese entrenador estricto y de principios que se fue por desacuerdos con la junta del equipo para volver a rescatarlo de la segunda división– toda esa energía se convirtió en triunfos históricos.

    Tenas logró llevar al grupo de chavales al primer puesto de la liga regional a base entrenamientos duros y una disciplina de piedra. Porras recuerda que si algo tenían como equipo era un aguante portentoso proveniente de las vueltas que tenían que dar al campo cada vez que hacían alguna tontería durante los entrenamientos. Si se perdían la concentración, 10 vueltas al perímetro del repelado campo de la Farga y vuelta a los ejercicios. Incluso los viajes para jugar a domicilio eran una cuestión de puntualidad. Si alguno de los chicos se demoraba aunque fuera un minuto se quedaba en tierra, ya fuera Campdevànol, Vic o la capital barcelonesa. “No teníamos ni 17 años y algunos tenían que buscarse la vida en la Estació de França a ver si daban con un tren con el que volver a casa”. Jume Tenas era así de estricto pero también era un buen amigo que estaba siempre ahí para los chavales.

    El Campdevànol era todo energía pero ¿de dónde venía todo ese amor por el fútbol? En los pueblos de la España de los 60, al igual que en muchas ciudades, no había otra cosa que hacer. Las emisoras de radio y la televisión nacional se encargaba de contar las hazañas del Real Madrid que de la mano de Di Estefano estaba conquistando Europa. O las vicisitudes de equipos más modestos y cercanos –un espejo en el que mirarse– como el Espanyol o el Barça. Todo el mundo estaba metido en el fútbol, pero no solo el fútbol grande sino también el base, el de casa.

    Todo esto sale de las palabras y la mirada de Manel Porras. El veterano del UEC charló un rato sobre lo que ha insistido en llamar la mejor época de su vida y del club. Nos acompaña Beatriu Tenas, hija del entrenador que lideró al equipo esos años y algunos amigos. El día agradable en el exterior cuando empezamos a repasar un montón de fotos a color y en blanco y negro donde se ven críos y un montón de fútbol.

    Hablamos un rato con Manel sobre aquella época dorada para la UEC y para él. Hablamos con la compañía de amigos suyos, Beatriu Tenas, hija del entrenador de Manel en aquellos años y un montón de fotos a color y en blanco y negro donde se ve mucho fútbol.

    Manel Porras, no eres el primero que lo dices ¿Los mejores años del Campdevànol?
    Estas (fotos) fueron unas temporadas gloriosas para la UEC juvenil. Tuvimos jugadores que destacaron mucho y fue por 3 personas fundamentales: el entrenador y otros 2 jugadores que llegaron lejos.

    ¿Quiénes?
    El Pep Casals y el Àngel Prats.

    Prats ha sido el mejor central que ha tenido el UEC. Grandísimo jugador. Lo tenía todo, era rápido, tenía cabeza, extraordinario. El otro era Casals, creo que el Campdevànol no volvió a tener otro portero como él. No medía mucho, 1,73 quizás pero te hacía unas paradas extraordinarias. Saltaba muchísimo, por no decir palomitas: era el rey de las palomitas.

    Ellos 2 son para mí los mejores jugadores (Casals y Prats) que han pasado por el Campdevànol. Por suerte, pude jugar con ellos. Eran extraordinarios, muy buenos. Ambos llegaron a la selección catalana.

    ¿Tú eras muy amigo de Casals no?
    Sí. No solo en el fútbol, también en la vida fuimos muy amigos. Ya en el año 67, Jaume Tenas comentaba que se quería traer a Pep Casal al equipo. Y yo le decía, sí, sí, porque con el Pep lo que fuera. Fue en aquella temporada en la que estábamos en la segunda regional de Girona, en la que Tenas se incorporó como entrenador en los últimos 4 o 5 partidos (confirmar). Ahí empezó todo.

    ¿Cuántos años estuviste en el club?
    Debí empezar con 12 años, así que en total 20 años.

    ¿En qué posición?
    Fui interior izquierda, mediocampo.

    ¿Por qué decidiste jugar al fútbol?
    En aquellos tiempos no había ningún otro deporte. Tú vivías la pasión de toda la gente que jugaba y seguían al equipo y, bueno, evidentemente, a mí me gustaba mucho. Fue una parte muy importante de mi vida, prácticamente he vivido el fútbol desde que nací.

    También la UEC es muy importante. Siempre he estado vinculado con el equipo de alguna manera o de otra. Lo es todo.

    Con la perspectiva del tiempo, ¿aquel fútbol era muy diferente del actual?
    El fútbol de antes no era tan exigente (técnicamente) como el de hoy en día. Creo que ahora se juega más al fútbol. Nosotros jugábamos sin delanteros, ahora es diferente.

    A nosotros nos gustaba mucho pero la relación con el fútbol era nueva. Antes era diferente, a mis padres no les interesaba nada. Creo que, después de tantos años, es posible que no me hayan visto jugar nunca. Y eso que yo solo quería ir a jugar al Campdevànol.

    Todo el mundo cuenta que el campo del Campdevànol nunca fue un campo amable, se ve muy bien en las fotos. ¿Cómo era jugar en sobre este terreno con tanta tierra?

    Es verdad pero nos lo conocíamos muy bien. En los entrenamientos dábamos muchas vuelta alrededor del campo. Cada vez que nos pillaban haciendo el ganso nos caía un castigo con 10 vueltas completas, ¡imagínate! Realmente teníamos aquel campo muy mamado.

    Nosotros nos aprovechábamos de los problemas que tenía el campo. Era lo que pasaba con la portería que está al lado dela carretera siempre tenía agua. Cuando venían los visitantes y les tocaba aquella portería se quedaban clavados. El campo no era nada decente así que teníamos que sacarle provecho todo lo que se podía.

    ¿Con las instalaciones pasaba lo mismo? Creo que hasta no os podíais duchar.

    ¡Hombre, es que no teníamos duchas! Al terminar un entreno, el entrenador decía: ¡Hala! ¡Venga! ¡Todo el mundo al río! Teníamos el río a 5 metros del campo, nos teníamos que duchar allí por a la fuerza, si no, teníamos que ir al canal. Y con cuidado porque el primer tramo del río eran los desagües de las casas de Sant Cristofol. Había que elegir entre las piedras o las aguas sucias. Era lo que había: teníamos que sufrir.

    He oído alguna historia curiosa del recogedepelotas.
    Antes las pelotas eran un problema: solo teníamos 2 o 3, no más. Así que si caían al río a 100 m podíamos terminar quedándonos sin pelotas y estar esperando más de 5 minutos para reanudar el partido. Pero teníamos al Nando (Fernando Viñas) que se encargaba de pescarlas. Tenía una red con un palo muy largo con el que trataba de cazarlas como podía. Nos acompañaba siempre a jugar tanto en casa como fuera. Solo él podía hacerlo y menos mal.

    Era uno de los personajes más queridos por todos los que disfrutábamos del fútbol. También teníamos al Peret que siempre estaba por allí, era como un padre para todos. Fue presidente, masajista, hizo de todo.

    Con tu trayectoria en el club ¿dirías que la UEC es el mejor equipo del mundo?
    ¿El mejor del mundo? Es un poco exagerada esta pregunta (sonríe). No lo sé. Evidentemente no, pero puede que para mí sí. Pero no, no lo es.