Pagarse las facturas alquilando una casa en Airbnb

Ya no son solamente un grupo cerrado de empresarios los que se lucran a costa de esta ciudad que hace tiempo que se bajó las bragas ante el turismo

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    "¿Pero qué problema hay? ¿Qué tienes en contra de Airbnb? Si ayuda a un montón de gente. Es cierto que yo gano pasta con esto y ahora gran parte de mis ingresos vienen por ahí". Me lo dice justo antes de que empiece a hacerle preguntas cuando le hablo por primera vez del tema. "Lo que le molesta a la Generalitat no es que se deje de cumplir la normativa, sino que no se lleve su parte de todo esto". Tiene unos treinta años y vive en Barcelona. Se llama Pablo y conocí su faceta de anfitrión cuando un amigo común me comentó que quería hacer lo mismo que él y dedicarse a recibir visitantes a través de la plataforma de viajeros Airbnb. "Vives en un piso que está de puta madre en el centro con una sola condición: tienes que atender a todas las visitas", que no son precisamente pocas.

    Hacía tiempo que trataba de hablar con él pero desde que salió en la prensa la historia de la sanción que la Conselleria de Turisme le metió a la plataforma por competencia desleal me urgía saber un poco más su caso, tan particular, que le permite vivir holgadamente alquilando su casa a través de Airbnb. Para la Conselleria, que ya venía manifestando su interés por revisar las regulaciones turísticas a propósito del turismo colaborativo, la cuestión se reduce a una práctica no homologada y fuera de su control. Al operar como pisos turísticos deberían contar con servicios mínimos, seguridad y otras cosas que los hoteles sí están obligados a cumplir. El de Pablo vendría a ser el ejemplo que más se ajusta a la sanción aunque también es el menos frecuente dado que Airbnb reconoce que un 77% de los alquileres son de carácter temporal. Con este panorama la administración decidió aplicar a la plataforma una multa de 30.000€ —la más alta posible— y han tenido que pagar.

    Lo que no dice la Generalitat de plano es que para operar un piso particular como apartamento turístico se debe pagar una tasa que busca dos cosas: homologar las garantías del servicio y percibir un impuesto que va a parar a las arcas públicas. Hoy la concesión de licencias está totalmente paralizada hasta nueva orden de modo que muchos agentes hosteleros ya no tienen la oportunidad de cubrir una demanda que sí puede cubrir un particular a través de Airbnb y otras plataformas similares.

    Precisamente el Gremi d'Hotels de Barcelona ha sido una de las voces más críticas –con declaraciones realmente estúpidas sobre "gente insolidaria que hace la guerra"– denunciando la competencia desleal y pidiendo más dureza a la administración. Sin embargo, la regulación de estas formas de consumo colaborativo tienen tendencia a la normalización, lo que significa en última instancia más ingresos para una ciudad en la que el turismo es un pilar fundamental de su economía (casi un 20% del PIB local en una capital europea con otros recursos como la industria, la actividad portuaria o un sector servicios brutal).

    Tampoco se reconoce que se está sancionando económicamente a una plataforma y con amenazas de cortes a los accesos desde Cataluña, en lugar de hacerlo a quien ofrece el servicio, los responsables subsidiarios de poner las habitaciones de invitados en la web. Para el colaborador de Sharing España Miguel Ferrer esto no tiene sentido dado que Airbnb simplemente organiza a través de la red una actividad que ya existía. Uno debe ser libre de sacar algún beneficio de algo que sea de su propiedad. En todo caso, internet más que un escondite de bandoleros es una herramienta que saca la actividad a la luz. La acusación de Pablo a la Generalitat de no llevarse una parte del pastel es legítima y pone de manifiesto las pocas miras de la administración por colaborar en la consecución de un acuerdo que se ajuste a todas las partes. Sería más inteligente no operar en contra de este tipo de actividades colaborativas y seguir el ejemplo de ayuntamientos como el de Ámsterdam, que recientemente ha llegado a un acuerdo por el que es el propio Airbnb quien recauda el dinero destinado a pagar la tasa correspondiente a través de las tarifas aplicadas a las transacciones de usuarios.

    Pero Airbnb y Barcelona casan a la perfección. Si leemos la respuesta oficial que la plataforma dio a los medios, todos los argumentos son muy positivos en relación con la ciudad. Durante el último año se generaron de forma directa e indirecta hasta 128 millones de euros gracias a Airbnb –según un informe de 2014. Ha atraído a más de un millón de turistas y es sin duda un refuerzo a los ingresos de muchos de sus usuarios. Les ayuda a pagar facturas y es el complemento ideal para asumir la hipoteca, el pago del alquiler y los gastos regulares hasta en un 60% de los casos de acuerdo con un estudio de ESADE. Pablo encaja en esa estadística. No tiene trabajo ni ingresos regulares. Claro que le ayuda a pagar sus gastos, precisamente, por eso lo hace.

    En su relato de marca la plataforma promueve el turismo sostenible y un perfil de turista mucho más sano para la ciudad. Pablo se ríe cuando menciono esto, casi parece que estoy ejerciendo el papel de relaciones públicas de Airbnb. "¡Qué va! Hay todo tipo de turistas, ¿acaso me vas a decir que todos dejan el piso impecable, o que cuando vienen grupos de ingleses preuniversitarios no van a irse de fiesta muy duro?". Claro que esto pasa más en aquellos Airbnb que funcionan literalmente como apartamentos turísticos. La cosa es sencilla, si convives con el anfitrión se mantiene una relación cordial que evita los malos rollos. Si tienes una vivienda en la que metes muchos turistas –una buena salida para el apartamento de la playa– terminas siendo igual que un apartamento de temporada en la Barceloneta. Airbnb también se masifica y casos como el de Pablo no son únicos. Para generar ingresos notables cada mes no basta con alquilar el cuarto de invitados. El método funciona casi como un hostel: cuartos con varias camas y horarios flexibles de entrada y salida.

    "Por supuesto que no", me responde Pablo al preguntarle si habla y se hace colega de todos los que vienen a su apartamento. "Cada vez que viene un grupo les recibo en casa o cerca, les enseño la vivienda y les doy un juego de llaves. Si me caen bien podemos tomarnos una cerveza pero suelo pasar de ellos y les dejo a su aire. Cuando recibes a tanta gente no tienes ganas de ponerte de cháchara con unas turistas japonesas que no tienen ni idea de español".

    Las mecánicas de rating de la plataforma están diseñadas para tratar de que los huéspedes y los viajeros se lleven bien. Las iniciativas de consumo colaborativo se basan en generar un clima de confianza arbitrado desde la comunidad. Coincidir lo menos posible con tus inquilinos es una manera de cumplir mínimos con los visitantes y así todo el mundo está contento.

    Pablo se ríe mucho todo el tiempo, cualquiera diría que cuenta con un plan infalible para seguir haciendo dinero de esta forma. Las sanciones no le importan, según él no está haciendo nada malo y, de hecho, tiene razón. Ahora bien, su forma de gestionar Airbnb podría ser tipificada como un desempeño laboral y, por tanto, debería tener cargas fiscales. Pablo puede declarar hasta el último céntimo de los ingresos que percibe por recibir turistas pero eso depende exclusivamente de él. Algo perfectamente posible en la declaración anual de la renta. Otra cosa es que, como señala Miguel Ferrer, enfrente tengamos una burocracia complicada que disuada a alguien de hacerlo. Pablo está muy de acuerdo con la filosofía de la plataforma de manera que se siente exculpado y no teme por multas reales. Durante el tiempo que lleva hospedando turistas habrá ingresado suficiente dinero como para vivir con un sustancioso "sueldo" mensual. Al mismo tiempo le cuento lo de los 128 millones que Airbnb se deja en Barcelona y se descojona. "Los 30.000 euros de multa no son nada para Airbnb, no tienes ni idea de la cantidad de pasta que ganan. Para ellos es como pagar una factura". Lleva razón, Airbnb se lleva alrededor de un 10% de cada transacción entre huéspedes y visitantes. Lo que significa que incluso las ofertas más baratas pueden suponer un ingreso de cerca 2.000 al mes con lleno total en un piso como el de Pablo. No olvidemos que Barcelona cuenta con más de 4.000 alojamientos en Airbnb.

    El crecimiento de la plataforma, en paralelo con otras formas de consumo colaborativo, permiten soñar con reducir el turismo de plástico que asola la ciudad. Después de las cuatro tonterías del año pasado, la Conselleria prevé empezar a regular buscando el consenso de todas las partes. Sin embargo, los antecedentes no dejan lugar para el optimismo. La multa a Airbnb, las redadas a pisos de la Barceloneta y las políticas reaccionarias llevadas a cabo hasta hoy son prueba de la capacidad de los jefazos del sector para presionar por miedo a afrontar la transformación del modelo. Pablo y otras personas como él tienen ahora la oportunidad de lograr algún beneficio de todo el dinero que mueve el turismo de su ciudad. Ya no son solamente un grupo cerrado de empresarios los que se lucran a costa de esta ciudad que hace tiempo que se bajó las bragas ante el turismo para convertirlo en su identidad ante el mundo y el objetivo último de su política urbana y social.

    Al fin y al cabo, los barceloneses hace mucho que no sienten que la ciudad les pertenezca.