José Manuel Ferrater es un pintor y poeta muy conocido por su trabajo como fotógrafo de moda.

Escribí su perfil como artista y su biografía corta para una expo restrospectiva de sus pinturas y poemas.

©fotos Rubén Moldes

    José Manuel Ferrater pinta un expresionismo situado en un extremo emocional lleno de violencia, agresividad y contención. Sin embargo su extensa producción no se centra en lo evidente. Las figuras retratadas en sus lienzos no son violentas hasta que están representadas definitivamente. Se trata de un trabajo híper subjetivo desde que la obra nace como una necesidad y eclosiona en ese lugar en el que reside dentro de la mente del autor. Ferrater instrumentaliza la pintura para dar liberar a un mundo interior exuberante.


    Nos encontramos ante la obra de un artista tardío, el de un profesional creativo y respetado que se niega a reconocer que su profesión, la fotografía, sea un vehículo válido para el arte. De ello surge esta explosión visual como una respuesta a un impulso reprimido por muchos años.

    Para conocer los detalles y las aristas del trabajo de Ferrater es necesario recuperar las claves de su pasado. No es frecuente encontrarse con un artista que madura –comienza a pintar con más dedicación con 60 años– antes que su obra y por tanto ha de ser visto con la debida atención.

    José Manuel Ferrater ha sido siempre un creador autodidacta. Del paso por la escuela Eina, en su Barcelona natal, y su contacto con Xavier Miserachs surge la decisión práctica de dedicarse a la fotografía. En ese entorno pululaban figuras progresistas –desde Román Gubern a Umberto Eco– que dirigían la mente del joven estudiante muy lejos de los museos cuestionando la utilidad del arte. El papel que juega semejante contexto es crucial para fomentar su interés por los medios plásticos y la cultura de la postmodernidad pero también determina, en parte, la oclusión de su yo artista por tanto tiempo. Un vistazo en retrospectiva demuestra hasta qué punto las decisiones convienen ser revisadas periódicamente. El joven Ferrater lleno curiosidad expresiva, aunque impulsado por la expresión artística, no se volvería a reencontrar consigo mismo hasta mucho tiempo después.

    Lo que sigue son años de iniciación, definición de una técnica así como de la personalidad de su fotografía, y de éxito profesional. Dedica literalmente décadas de su vida a la imagen de moda. En su obra fotográfica ya son evidentes algunas de las claves de la expresividad de Ferrater, como la contundencia, el uso de la luz para generar contrastes, en definitiva, su forma de mirar. Pero lo qué lleva a Ferrater a la fotografía está realmente en su faceta más aventurera. La gran pasión de este autor ha sido siempre la naturaleza salvaje. Fatigosas excursiones por los bosques catalanes para un niño que apenas contaba diez años de edad. Ferrater se recuerda saliendo al monte al amanecer con la única compañía de su perro mucho antes que del estudio de su abuelo, el pintor Manuel de Lámbarri muy reconocido desde los años 30 en España.

    “Nunca he sido un urbanita, solo me he convertido en uno. Yo soy una criatura del monte. Contra ese poder establecido me creé mundo y mi mundo es el monte”.

    Ese poder al que se refiere no es más que la burguesía conservadora catalana, el franquismo hermanado con la propaganda de la iglesia sumando a una sociedad asustada. En buena medida también su paso por los jesuitas constriñe su cerebro y moldean su rebeldía. “Por esa razón salía a cazar”. Y la fotografía comparte al menos tres cosas muy parecidas con la caza: una óptica, un disparo y una víctima.


    No hubo dejado de dibujar hasta que se decidió definitivamente por la fotografía. Solía dibujar y estaba fascinado con las obras de pintores como Cézanne, Caravaggio, Velázquez y Bacon. Ferrater es un gran lector de manera que es innegable –él mismo lo dice– la influencia que la literatura y la filosofía han dejado en él. De escritores como Malcom Lowry, Josef Conrad o de filósofos como Kant, Descartes o Schpenhauer obtiene recursos estéticos para acceder al mundo de los sentidos aunque sea solamente por puro placer de leer. Porque no solo el contenido, como en los lienzos de Ferrater, es lo relevante. Para el pintor es tanto o más fascinante el acceso a la de los genios a través de sus escritos. Por tanto Ferrater de repente es un inspector, un observador vivad como ya lo era con su fotografía, y reconoce que lo más le impresiona es comprender los procesos mentales, la madurez de los autores. Porque no es lo mismo lo que vemos que lo que intuimos.

    Cuando el propio Ferrater confiesa su fascinación por la inteligencia de los genios y los artistas está dando un aspecto también fundamental de su proceso artístico. Es a través las figuras primitivas de sus cuadros, la cromática macabra o la fiereza del contenido que este autor está explorando y mostrando su yo más interior. ¿Cómo es posible que impactantes series como La Causa o Seis Dedos sean más destacables por lo qué expresan que lo lo que el espectador ve? Lo es por, además de lo ya señalado, cómo renace el impulso artístico en el autor. Ferrater se decanta por la pintura gracias a la figura siniestra de un personaje salido de páginas y más páginas llenadas compulsivamente de dibujos. Es el final del vector invisible al que se refiere tantas veces que es su proceso vital. El personaje, salido de las tinieblas de una fotografía suya termina por colocarlo e un lienzo y completa una obra como nunca antes en su totalidad. Comprende que entre el primer paso de la fotografía hasta la plasmación en las pinutras por fin da una obra por terminada. Este primer esfuerzo pictórico le da la razón a su admirado Francis Bacon cuando en una citadísima entrevista llegó a afirmar que, definitivamente, la fotografía no es el medio que un artista está buscando. Esta revelación reconoce a José Manuel Ferrater como lo que siempre ha sido y su carrera en la industria de la moda le negaba, un pintor. Un artista.

    Ya en un sentido más objetivo –externo sería más adecuado señalar– la obra de Ferrater toma algunos aspectos fundamentales de su método como fotógrafo. Así sus instantáneas le han servido como base para pintar cuadros reconciliándose con el duro golpe de las palabras de Bacon y poniendo fotografía y dibujo en el mismo proceso. Un intento de profundizar más allá de la fotografía sacando más del momento capturado. La serie taurina Tarde parte de dos días de feria en los que Ferrater capturó los últimos suspiros de los toros moribundos para convertirlos después en una contundente colección de cuadros sobre el dolor gratuito.
    “Qué hay más coherente que no hacer jamás lo que esperen de uno, depender exclusivamente de lo que tú quieras hacer”. La obvia contradicción de esta declaración, un extremo más en su obra, es un argumento más para su coherencia. Una obsesiva forma de mirar en la que realmente lo importante es el observador de la misma forma que las primeras definiciones cuánticas empezaron a cambiar la concepción del universo durante el siglo XX. Ferrater puede ser siempre Ferrater pero nunca será el mismo. Su obra no refleja –ni siquiera lo intenta– al objeto del dibujo sino a sí mismo. Un carácter complejo, atormentado durante años y con señales de su desigual relación con el mundo que le rodeaba. En el arduo trabajo de comprender y aprehender el mundo los sentidos son tan prácticos como el objetivo de una cámara. A la vez tan falibles. No son más que rudimentos que ha de usar el artista para intentar acceder a su propio mundo. Por tanto, considerados los instrumentos como meros útiles, lo único genuino es el esfuerzo mental de acceder y asimilar esa información. El trabajo de Ferrater es el ejemplo de cómo lo bello de una creación está no tanto en la creación en si misma como en lo que refleja del extraordinario proceso mental de quién la crea.


    No es una mera cuestión de habilidad. La experimentación de Ferrater en busca del estilo y la cromática, los materiales o los formatos es un impulso por encontrar la satisfacción personal no por reflejar fielmente la realidad. La técnica no ha de ser de alto nivel si el motor artístico no está alimentado por la academia sino la expresividad.

    Es experimentación desde la ingenuidad buscando que el arte te devuelva algo. Aun cuando sólo vemos deformidad, irrealidad, muecas, horror y una profunda oscuridad la belleza radica en los cuadros de Ferrater. La contundente violencia de un ser emocional adicto a sentir. La válvula de salida para un individuo altamente consciente del poder sentimental del hombre. Consciente a su vez de la degradación, el postín y la misera a través de sus múltiples viajes, su carácter sosegado y sensible que revienta en el lienzo. Otra contradicción genuinamente artística, los individuos bellos –por dentro y por fuera– no son los poseedores en exclusiva de la belleza del arte.


Breve biogracía.
José Manuel Ferrater.

    Nacido en Barcelona, 1948, es fotógrafo, realizador, pintor, poeta, gran lector y artista. Creador en constante evolución desde sus inicios como fotógrafo al calor de la escuela Eina hasta su redescubrimiento personal como pintor.

    Una carrera que culmina en el momento en que José Manuel Ferrater se reconoce inserto en lo que él llama “un vector inevitable” que le lleva a ser un artista.





    Ferrater, dueño de un instinto pragmático, decidió que su oficio sería la fotografía al descubrir en la técnica un disparo a quemarropa. Ya al inicio de su carrera la fuerza de su impulso creativo le permite imponer su estilo sobre las demandas de la industria. Su forma de mirar le otorga el estatus de referente en el mundo de la moda desde los primeros años 70. Tras varios años en Italia trabajando para la revista Donna su vida se desarrolla en un viaje constante entre los aeropuertos y los sets de fotografía. En esa época se suceden los editoriales de moda y campañas de publicidad para las cabeceras más importantes: la mencionada Donna, Harperʼs Bazaar, Glamour, Mondo Uomo, Per Lui o Vogue. Revista, esta última, que ya vio sus páginas llenas de dibujos de mano de su abuelo, el también pintor, Manuel Lámbarri.

    En este contexto de éxito y reconocimiento Ferrater decide poner freno a su ritmo de trabajo y, a inicios de los años 90, abandona la moda de alto nivel para recalar de nuevo en su ciudad natal. En sus propias palabras, “necesitaba volver a ser dueño de mi tiempo”. En Barcelona, el lugar que nunca abandonó, su actividad se diversifica, comienza a realizar spots, y al fin vuelve a intuir cómo su vector vital va determinando su camino.

    A medida que explora nuevos formatos, Ferrater lidia con la insatisfacción. Solo a través del descrédito que Francis Bacon profesa hacia la fotografía consigue alumbrar un pensamiento crucial. La fotografía es el instrumento que está limitando su libertad creativa. Ferrater decide entonces que pintar será su medio de expresión. El vector reaparece definitivamente para señalar al artista. Con el paso de los años la trayectoria Ferrater definió una manera muy especial de ver a través del objetivo de la cámara. Una mirada contundente y reveladora, y una forma leer la mente humana para comprender más allá del cuerpo. Desde entonces el artista se dedicará a experimentar con la expresión, el color, los sujetos y sobre todo con el observador, que no es más que él mismo. Su obra de más de 500 lienzos es, en última instancia, un estudio psicológico sobre el Ferrater, curioso y cazador, que ha expuesto su ser en series tales como Los niños de Benín, Tarde, Seis dedos o La causa I, La causa II y La causa III así como en su libro de poemas La Causa.